
hacia El cuya imagen e instrumento somos,
conduce nuestro camino y es nuestro entrañable anhelo
llegar a ser como El, fulgurar con su luz.
Mas del barro y mortales nacimos
e inerte pesa en nosotros, criaturas, la gravedad.
Aunque el amor y cuidados materiales nos brinde natura,
y la tierra nos nutra y sea cuna y tumba,
la paz no nos otorga;
paternal y próbida deshace
la chispa del Espíritu inmortal
de Natura el amoroso encanto:
hace al hombre niño, diluye la inocencia
y nos despierta a la lucha y la conciencia.
Así entre padre y madre,
así entre cuerpo y espíritu
vacila el hijo más fácil de la creación:
el hombre del alma temerosa, capaz de sufrir
como ningún otro ser, pero capaz también de lo más
sublime: un amor más fiel y esperanzado.
Arduo es su camino, la muerte y el pecado lo alimentan,
se extraña con frecuencia en las tinieblas
y más le valdría a veces no haber sido creado.
Eternamente fulge sin embargo
sobre él su misión y su destino: la luz, el espíritu.
Y sentimos que es a El desamparado
a quien ama el eterno especialmente.
Por ello nos es posible amar,
erráticos hermanos, aun en la discordia.
Y ni condenas ni odias
sino amor resignado
y amorosa paciencia
nos acercan a la meta sagrada.
[HERMAN HESSE]
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