
Señor, tú lo sabes todo y lees en mi corazón lo que yo no puedo leer en las estrellas [OLAIZOLA, El Cid, el último héroe].
Porque al cuarto día de predicación llegaron las nubes que las aves, que volaban de izquierdas y raseantes, indicaron al Cid como seguras y temibles. Negras y cargadas de temores porque cuando no llovía a su tiempo lo hacía con tal furor que anegaba las cosechas tardías y arrastraba las casas de los pobres [Ibid].
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